La solidaridad como ideal de una nueva vida

Por Iosu Perales.

Publicado en Camino al andar.

04 de julio de 2021.

Pintura: Paola Stefani La Madrid.


En Europa vivimos en un mundo que da la espalda a otros mundos. No los reconocemos y, con frecuencia, queremos pensar que nuestro mundo es el único. Desde este modo de ver la vida es difícil que nos hagamos corresponsables de esos infiernos en los que sobreviven cientos de millones de seres humanos invadidos por el sufrimiento. Qué lejos queda el mensaje del poeta lírico alemán nacido a finales del siglo XVIII, F. Hölderlin, al proclamar “El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga”. Más bien practicamos la indiferencia, el no querer saber para no desestabilizar nuestro mundo seguro, para no rasgar el paraguas bajo el que nos tapamos. Sin embargo, es inútil hacer como que no sabemos, sabemos, aunque no queramos.


Frente a esta realidad, el EZLN ha decidido impulsar la Declaración por la vida, un manifiesto que es a la vez denuncia y alternativa de otro mundo posible, como manera de proponernos la recreación cotidiana, a través de la relación entre los pueblos, de valores humanos que construyan nuevas relaciones sociales, sentimentales, el diálogo y el afecto, la imaginación y el gozo, una nueva mirada del mundo y de la vida. La solidaridad como ideal civilizatorio o punto de encuentro entre mundos. La solidaridad como elemento de combate implacable contra la pobreza y la marginación, contra una desigualdad global desbordante, contra todo tipo de dominación y opresión.


El movimiento zapatista, es fuerza moral y propuesta civilizatoria. Nos recuerda con su gira por los cinco continentes que lo humano del hombre y la mujer es desvivirse por el otro hombre y la otra mujer, como escribió el filósofo Emmanuel Lévinas. ¿Un ideal ingenuo? No, más bien es la última oportunidad. Como dice el tango el mundo fue y será una porquería y sabemos que sólo si el aire circula por todos los pulmones (no sólo por los de los países ricos) podremos humanizar la sociedad deshumanizada.


Para recorrer el largo camino que conduzca a un mundo unitario hace falta que crezca en nuestra sociedad la indignación que convierte la solidaridad en la expresión de un pensamiento radical que va a la raíz de los problemas; de un pensamiento multidimensional; de un pensamiento que concibe la relación entre el todo y las partes, como se da por ejemplo en las ciencias ecológicas. Capaz de entender que nuestro modo de vida está directamente relacionado con otros modos de vida que humillan a la condición humana. Por eso no basta con la compasión, hace falta hacer justicia. La compasión, siempre necesaria, aborda los síntomas, pero no ataca las causas. En cambio, la justicia, que es el valor central de la ética, se hace presente cuando pasamos a reconocernos corresponsables de los infiernos y actuamos en consonancia. Los pueblos unidos deben liderar el combate contra la pobreza, las desigualdades, la marginación de poblaciones enteras, la explotación de menores, las discriminaciones de género, las epidemias evitables, la destrucción de la naturaleza. etc.


En un escenario caótico, la solidaridad vehemente que emana de la Declaración por la vida, como paradigma, debe erigirse como una fuerza para derribar los muros que separan los mundos, construyendo un internacionalismo del siglo XXI capaz de globalizar una solidaridad sin idioma hegemónico, sin espacio geográfico central, sin proyecto cultural único.


La propuesta civilizatoria del capitalismo puede resumirse en una triada: Mercado, Capital y Explotación. Son dioses que han configurado una mercantilización universal que lo abarca todo, incluida la naturaleza, los derechos humanos y los sentimientos. Los efectos de esta teología dibujan un mundo de lucha de todos contra todos, de guerra permanente por el control de fuentes de riqueza y de extensión del poder. Además, el individualismo y la indiferencia ante el prójimo más vulnerable. Frente a esta afrenta, la iniciativa zapatista es una gran ocasión para enmendar un mundo-matadero, para derrotarlo y erigir en su lugar una sociedad mundial basada en los pueblos. Los encuentros, las reuniones y los debate como campo para impulsar una batalla de las ideas para un motor de las luchas.


Pero nada es inevitable. Rosa Luxemburgo lo decía: “Sólo la vida, en su efervescencia, sin obstáculos, es capaz de producir miles de formas nuevas de vida, de improvisar, de hacer surgir fuerzas creativas y de corregir ella misma todos los intentos equivocados”. Si esto es así, los determinismos históricos ya no tienen lugar en lo que debe ser un nuevo mundo subjetivo de la izquierda social y política. Luchar por la igualdad y la justicia sin saber cuánto podremos lograr, constituye una aventura moral de inspiración netamente humanista, radical. Y en este proyecto de vida, la solidaridad se erige como el vehículo que debe llevarnos a otra sociedad en la que el núcleo humanista sea el corazón en el que late el deseo de felicidad.


La solidaridad significa humanizar la sociedad deshumanizada, humanizar la política. Son numerosos los hilos de reflexión que se pueden escoger: el crecimiento selectivo, la decisión democrática sobre qué producir, el trabajo como satisfacción, nuevas pautas del consumo, la democracia genuina de los consumidores, una educación orientada al conocimiento y a la espiritualidad, el ingreso garantizado, el fin del militarismo, el rescate democrático de la política, la sociedad participante, la igualdad universal, la autodeterminación de los pueblos.


Solidaridad es también el derecho a soñar. Y solidaridad es el corazón de la Declaración por la vida. Soñemos sin parar.


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