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El viaje comenzó antes: artes, buscadoras y el abrazo Común zapatista

1 hour ago
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Publicado en El Tumulto

10 de octubre de 2026

Mujer zapatista participando en el encuentro "Resignarte u Organizarte", en el Caracol Jacinto Canek (Foto: Francisco Lion)


Antes de que una delegación zapatista salga de Chiapas rumbo a la Ciudad de México, el viaje ya comenzó


En distintos puntos del país se organizan reuniones, campañas económicas, actividades artísticas, propuestas de alojamiento y alimentación. En la Casa de los Pueblos y Comunidades Indígenas “Samir Flores Soberanes”, la comunidad otomí residente en la capital ha convocado encuentros para coordinar lo que ocurrirá antes, durante y después de la estancia. En septiembre, 670 organizaciones, colectivos, redes, pueblos, comunidades e individualidades hicieron pública una carta de bienvenida y anunciaron su participación en los preparativos. Mientras tanto, una campaña impulsada para reunir recursos busca hacer posible el traslado de la delegación que llegará entre diciembre de 2026 y enero de 2027.


Hay algo material en todo esto. Trasladarse cuesta. También alimentar, hospedar, acondicionar espacios, mover equipos, recibir a quienes llegan desde otros territorios y construir las condiciones para que un encuentro suceda. En la convocatoria zapatista del 15 de septiembre, esa extensa división del trabajo aparece con nombres concretos: el Frayba dará cuenta de los avances con grupos de buscadoras y buscadores; Llegó la Hora de los Pueblos, de las finanzas; la Casa Samir Flores Soberanes, del hospedaje y alimentación; la Red Universitaria Anticapitalista, de las propuestas para diciembre y enero. Se anuncian además campañas artísticas de recaudación y actividades promovidas por músicos, barrios, bailador@s y universitari@s. Una sesión informativa prevista para los días 2, 3 y 4 de octubre en el CIDECI permitirá seguir articulando estas tareas.


Meses antes, sobre una cancha de San Cristóbal de Las Casas, otra organización comenzaba a tomar forma.


Era agosto y decenas de jóvenes zapatistas ensayaban una obra de teatro. Caminaban en distintas direcciones, se agrupaban, se dispersaban y volvían a encontrarse. Algunas mantas nombraban problemas y acuerdos; una, mucho mayor, imaginaba a quienes estaban allí como sobrevivientes de un capitalismo que ya había terminado. En aquel escenario provisional había asambleas, propiedad, violencia contra las mujeres, adicciones, niñeces huérfanas, reglamentos, cuidados y conflictos. El futuro estaba lejos de aparecer limpio. Había que construirlo, discutirlo y organizarlo.


Aquello formaba parte de El Común y el día después, una creación colectiva desarrollada entre jóvenes provenientes de distintos Caracoles zapatistas. La obra había circulado previamente entre geografías: una propuesta inicial, aportaciones, correcciones, distribución de tareas, ensayos locales y un nuevo encuentro para reunir las partes. El teatro aparecía allí tanto en lo representado como en el procedimiento utilizado para producirlo.

Obra de teatro obra “El Común y el día después”, en el Caracol Jacinto Canek (Foto: Francisco Lion)


Una pregunta atravesó después la conversación con quienes acompañaron el proceso: si el escenario permite imaginar otras relaciones, ¿cómo trasladarlas a la vida? Luis de Tavira recuperó esa inquietud como una tensión entre pensamiento y hacer; David Gaytán habló del placer de coordinarse y organizarse. Sobre la cancha, una multitud de cuerpos había convertido momentáneamente un espacio ordinario en otro lugar posible.


Vista desde septiembre, aquella escena adquiere nuevas resonancias. El Común que se ensayaba como problema teatral reaparece ahora alrededor de la preparación de un viaje. En un caso se trataba de cuerpos intentando organizar ficticiamente el día posterior al capitalismo. En el otro, comunidades, organizaciones y colectivos resuelven cómo transportar personas, compartir alimentos, producir encuentros y sostener una estancia de varias semanas.


Son procesos diferentes y sería excesivo hacerlos equivalentes. Colocados uno junto al otro, sin embargo, permiten observar algo que atravesó buena parte de los encuentros zapatistas de artes de 2026: el interés por las formas concretas mediante las cuales personas distintas pueden producir algo juntas.


Cuerpos que persisten


Durante agosto, esa pregunta había comenzado desde otro sitio: el cuerpo.


En el Semillero Las artes bajo acoso, la jornada dedicada a la danza abrió con una imagen recuperada por el Capitán Marcos. Durante la Otra Campaña, un fotógrafo había registrado el momento en que un caballo lo derribó. La fotografía de la caída podía convertirse fácilmente en relato de derrota; faltaba el resto de la secuencia: el cuerpo levantándose, sacudiéndose el polvo, montando nuevamente y continuando el camino. Lo que interesaba a quienes seleccionaban las imágenes, dijo, era la caída antes que la persistencia.

Comandante Moises en el encuentro zapatista «ResignArte u OrganizArte», en el Caracol Jacinto Canek (Foto: Francisco Lion)


Aquella observación terminó recorriendo involuntariamente las intervenciones de esa tarde. Hugo Molina habló de cuerpos populares y bailes callejeros atravesados por clase, racialización y vigilancia; Susana Ponce preguntó qué corporalidades pueden ocupar los espacios legitimados por las instituciones de danza; Argelia Guerrero llevó la discusión hacia la precariedad de quienes sostienen su trabajo artístico entre lesiones, falta de seguridad social y dependencia de convocatorias y financiamientos.


La persistencia adquirió entonces una dimensión especialmente difícil cuando apareció la pregunta por los cuerpos ausentes.


Susana Ponce la formuló desde su propio trabajo: ¿qué lugar puede ocupar un arte construido con cuerpos en un país atravesado por la desaparición? Sus piezas habían comenzado a relacionarse con fichas de búsqueda, cuerpos encontrados, madres bordadoras y familiares que se niegan a permitir que una ausencia termine convertida en olvido. El problema de la mirada cambió entonces de escala. Entre las miles de imágenes que circulan diariamente existen rostros que el acostumbramiento social corre el riesgo de convertir en paisaje.


Dos meses después, esa pregunta ocupa el centro mismo del viaje zapatista.


En el comunicado del 9 de agosto, la Comisión Sexta señaló que uno de los objetivos principales de la estancia en Ciudad de México será reunirse con colectivos de buscadoras y buscadores de México y Centroamérica. El encuentro busca escucharles, acompañar su demanda de verdad y justicia y hacerles llegar lo que el comunicado denomina el “abrazo colectivo” de los pueblos y comunidades zapatistas. Para organizar las reuniones se solicitó el apoyo del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, junto con otras redes y organizaciones de derechos humanos.


La decisión había sido anunciada desde julio. Durante el Semillero Guerra contra la Humanidad, el Subcomandante Insurgente Moisés informó que la delegación haría base durante diciembre en la Ciudad de México y que allí continuarían los encuentros de resistencias, rebeldías y artes. También situó entre sus propósitos el encuentro con personas y colectivos de la Sexta, pueblos originarios y movimientos sociales.


Las artes y la búsqueda quedaban así colocadas dentro de una misma geografía temporal.


Mirar para reconocer


La relación se hizo todavía más explícita durante los últimos días de Las artes bajo acoso.


En la jornada dedicada al teatro, la memoria y la mirada ocuparon buena parte de la conversación. El Capitán Marcos habló de la memoria como condición de comunidad y propuso pensar la mirada más allá de la percepción visual: mirar supondría establecer una relación donde quien está frente a nosotros pueda reconocerse como mirado. Desde ahí explicó el sentido del desplazamiento hacia la Ciudad de México: hacer saber a los colectivos de búsqueda que su lucha es vista y que esa mirada puede adquirir la forma de un abrazo.


El problema tiene una dimensión política precisa. Desaparecer una persona implica también intentar romper relaciones: sustraer un cuerpo de su territorio cotidiano, interrumpir vínculos familiares, producir incertidumbre y dificultar la reconstrucción de una historia. Buscar realiza el movimiento contrario. Recorre lugares, recupera nombres, reúne indicios, produce archivos, vuelve a colocar rostros en las calles y disputa permanentemente el cierre que la ausencia intenta imponer.


Desde ahí puede entenderse por qué memoria y mirada aparecieron tan insistentemente durante los encuentros de artes.


En la jornada de cine, la discusión había girado alrededor de quién produce las imágenes y quién posee la autoridad para narrar. Alberto Domínguez recordó cómo, durante décadas, buena parte de las cámaras llegaban a Chiapas desde afuera y regresaban a otros lugares cargando imágenes de pueblos y territorios. El levantamiento de 1994 modificó también esa relación: la necesidad de romper cercos informativos hizo que cámaras y herramientas audiovisuales comenzaran a circular entre comunidades, hasta desarrollar procesos propios de comunicación, entre ellos Los Tercios Compas.


Tomar una cámara puede ser también tomar posición dentro del régimen de visibilidad: decidir dónde colocarla, a quién escuchar, qué conservar y qué historia producir con aquello que queda registrado.

Zapatistas grabando y tomando fotografías con sus celulares en el Caracol Jacinto Canek (Foto: Francisco Lion)


Por eso la discusión sobre cine había llegado igualmente a los museos, el colonialismo y las categorías utilizadas para decidir qué objetos y prácticas merecen ser reconocidos como arte. Nombrar, clasificar y representar nunca son operaciones inocentes cuando unos sujetos han poseído históricamente mayor capacidad que otros para producir las imágenes mediante las cuales el mundo aprende a mirarlos.


Durante la última jornada, Hernán del Riego retomó este problema desde la colonialidad y propuso descolonizar la mirada mediante la recuperación de lenguas, memorias, conocimientos y formas propias de nombrar el mundo.


Cuerpo, memoria, representación y desaparición comenzaban así a tocarse.


¿Dónde están?


La preparación del Capítulo México coloca ahora esas preguntas fuera del espacio del semillero.


El comunicado zapatista del 9 de agosto propone una movilización donde luchas distintas puedan mantener sus identidades y demandas particulares y, al mismo tiempo, encontrarse alrededor de una exigencia compartida: verdad y justicia para las ausencias. La pregunta que la Comisión Sexta coloca en el centro es breve: “¿Dónde están?”.


La formulación importa porque el común que allí se propone parte de las diferencias. Una lucha territorial continúa siendo territorial; una lucha feminista conserva sus propias demandas; un colectivo de familiares mantiene la especificidad de su búsqueda. La convergencia ocurre alrededor de algo que ninguna de esas diferencias vuelve secundario: la exigencia de localizar a quienes faltan.


Esa misma orientación aparece en la carta de bienvenida suscrita por 670 organizaciones, colectivos, pueblos, comunidades, redes e individualidades. Quienes firman anuncian su disposición a construir las condiciones para distintos momentos de la estancia: encuentros con grupos de búsqueda, actividades con la Sexta, un nuevo Encuentro de Arte y de Resistencia y Rebeldía, una marcha articulada alrededor de las ausencias y la conmemoración del 33 aniversario del levantamiento zapatista.

Zapatistas durante el encuentro «ResignArte u OrganizArte», en el Caracol Jacinto Canek (Foto: Francisco Lion)


Desde algunos colectivos de familiares también han comenzado a surgir propuestas concretas. En agosto, familiares y organizaciones de personas desaparecidas plantearon públicamente la posibilidad de realizar un encuentro con la delegación zapatista en la Glorieta de las y los Desaparecidos de Ciudad de México, espacio convertido durante los últimos años en lugar de memoria, denuncia y búsqueda.


El viaje todavía está en construcción. Las fechas específicas de buena parte de las actividades continúan organizándose y la Comisión Sexta ha convocado una sesión informativa para precisar los avances. Incluso el tamaño definitivo de la delegación requiere cautela: durante los encuentros de agosto distintas coberturas informaron que se había anunciado la participación de 1,111 zapatistas, cifra cargada además de resonancias históricas; los comunicados oficiales posteriores hablan, por ahora, de una delegación y contemplan incluso reducir el contingente si ello fuera necesario para garantizar hospedaje a grupos de buscadoras y buscadores.


Lo que sí puede observarse es la cantidad de relaciones que comienzan a activarse antes del desplazamiento.


La infraestructura del encuentro


Una gira suele hacerse visible cuando las personas llegan. Antes existe una trama de trabajos menos visibles que hace posible su aparición pública.


La campaña económica difundida por Llegó la Hora de los Pueblos y Camino al Andar busca financiar los traslados de la delegación durante diciembre y enero. El apoyo económico había sido solicitado directamente por la Comisión Sexta desde agosto, que encargó a Llegó la Hora de los Pueblos abrir una vía para recibir aportaciones.


La dimensión económica resulta particularmente interesante después de los encuentros de artes porque devuelve las grandes palabras a la materialidad.


Una película necesita cámaras, electricidad, pantallas y lugares donde encontrarse a verla. Una obra de teatro necesita cuerpos, horas de ensayo, desplazamientos, alimentos y espacios. Una danza requiere tiempo para entrenar un cuerpo que también debe comer, descansar y curarse cuando se lesiona. Una gira necesita transporte, alojamiento, cocina, cuidados, organización y dinero.


El Común, en este registro, puede leerse menos como una abstracción que como un problema práctico: cómo producir y distribuir las condiciones que permiten hacer algo conjuntamente.


Durante la jornada de cine, esa materialidad había aparecido también bajo otra forma. El Capitán Marcos habló entonces de un quirófano construido en territorio zapatista mediante aportaciones, conocimientos y trabajo provenientes de distintas comunidades y geografías. La escena servía para preguntar qué puede ocurrir cuando capacidades dispersas encuentran mecanismos para actuar conjuntamente.


Zapatistas levantan el puño frente a un mural durante el encuentro «ResignArte u OrganizArte», en el Caracol Jacinto Canek (Foto: Francisco Lion)


Ahora los preparativos para Ciudad de México vuelven a formular la pregunta a otra escala.


¿Quién recibe? ¿Quién cocina? ¿Quién transporta? ¿Quién reúne fondos? ¿Quién abre un espacio? ¿Quién registra las propuestas? ¿Quién ayuda a que los grupos de buscadoras puedan llegar? ¿Quién toca música, organiza un baile o produce una actividad que permita recaudar recursos?


Aquí el encuentro comienza mucho antes de que dos cuerpos puedan abrazarse.


Ensayar antes de llegar


Durante el cierre de los encuentros realizados en el Caracol Jacinto Canek, después de 29 días de actividades con artes, talleres, música y discusiones, volvió a presentarse El Común y el día después.


Quizá aquella obra permita regresar al sentido que empieza a adquirir el viaje.


El escenario proponía un futuro donde el capitalismo pertenecía al pasado, aunque las personas que habían sobrevivido todavía cargaban problemas, conflictos y aprendizajes del mundo anterior. La desaparición del sistema dentro de la ficción resolvía muy poco por sí misma. Había que discutir acuerdos, transformar relaciones, atender violencias, organizar cuidados y aprender otras formas de convivencia.


El “día después” necesitaba ser ensayado desde el día anterior.


Algo semejante ocurre con cualquier transformación política que aspire a trascender la declaración de intenciones. Las relaciones futuras requieren prácticas presentes capaces de ponerlas a prueba. Crear una asamblea, producir una película colectivamente, sostener un archivo, organizar un baile, compartir conocimientos, levantar un quirófano, buscar a una persona desaparecida o preparar durante meses la llegada de otras personas son acciones extremadamente distintas. Todas obligan, sin embargo, a resolver una pregunta sobre las relaciones que queremos producir entre quienes participan.


El viaje zapatista llegará a una Ciudad de México atravesada por sus propias disputas, violencias, memorias, movimientos y formas de organización. Desde la palabra del propio EZLN, uno de sus propósitos consiste en reencontrarse con colectivos y movimientos de la Sexta y explorar nuevas etapas de la Gira por la Vida; otro, colocado reiteradamente en primer plano, será encontrarse con quienes buscan a sus ausentes.

Ejército Zapatista de Liberación Nacional (Foto: Francisco Lion)


Entre ambas dimensiones continuarán las artes.


Danza, cine y teatro mostraron durante agosto algo más que distintas disciplinas reunidas sucesivamente en un programa. En ellas aparecieron cuerpos que se resisten a quedar inmóviles; imágenes que disputan quién tiene capacidad para mirar y representar; memorias que impiden que ciertas vidas desaparezcan por segunda vez; ficciones donde otras relaciones pueden adquirir provisionalmente cuerpo.


Ahora esas preguntas comienzan a desplazarse hacia otra geografía.


Quizá por eso una de las imágenes más precisas de estos meses siga siendo aquella ola formada durante el ensayo en la cancha. Durante unos segundos, los cuerpos parecían moverse caóticamente. Después comenzaron a reconocerse, coordinaron sus movimientos y la ola adquirió forma.


En diciembre habrá otros cuerpos, otras historias y otras diferencias.


Quienes buscan llegarán con nombres, fotografías y ausencias.


Quienes viajan desde las comunidades zapatistas llevarán su propia memoria de resistencia y organización.


En Ciudad de México habrá pueblos, colectivos, artistas, estudiantes, barrios y organizaciones preparando espacios para encontrarse.


Todavía falta saber cómo será ese encuentro.


Por ahora, mientras alguien reúne dinero para un autobús, otra persona pregunta cuántas camas hacen falta, un colectivo organiza una actividad artística y una familia continúa buscando a quien falta, el viaje ya está ocurriendo.


Antes de llegar, el abrazo también tiene que organizarse.


Y quizá, como sobre aquella cancha de Chiapas, haya cosas que sólo puedan comprenderse cuando comienzan a ensayarse.


Francisco De Parres Gómez: es un antropólogo, comunicólogo y fotógrafo mexicano, que se desempeña como investigador posdoctoral en la Universidad Veracruzana donde, desde hace años, se dedica al estudio de la relación entre arte, política y movimientos indígenas como los zapatistas. Sobre estos temas ha publicado publicó el libro Poéticas de la resistencia: arte zapatista, estética y decolonialidad (CIESAS-UDG, 2022) así como Arte y política en el zapatismo contemporáneo: Una relación indisoluble (CLACSO, 2022). Coordinó también Internacionalismo crítico y luchas por la vida. Hacia la construcción de horizontes futuros desde las resistencias y autonomías. (CLASO, 2023). En su investigación actual, De Parres analiza el contraste entre las prácticas estético-políticas orientadas a la defensa de la vida y el territorio, y las expresiones estéticas y culturales de la necropolítica de figuras neofascistas como Javier Milei, Nayib Bukele o Jair Bolsonaro.





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© 2021 por Sofi Grivas

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