El olvido es asesino: (o cuando el agua se bebía)
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Publicado en Camino al Andar
30 de mayo de 2026
Por Claire Lapique

Explícanme este mundo, por favor.
Crecí con la idea de que la razón es eterna, que suplanta a Dios y que todo irá mejor; que nuestro conocimiento nos salvará y que siempre sabemos más que el día anterior.
Quizás nos han mentido desde el principio.
¿Alguna vez has sentido el peso de la certidumbre sobre tus hombros? Es un peso muerto. Inerte. Que nos doblega hasta los huesos.
Así, se forja la idea de que el mundo es Así.
Deberíamos olvidar el olvido que nos constituye;
porque
es un olvido asesino.
Quizás siempre sabemos un poco menos: y este olvido nos acompaña desde nuestro nacimiento común.
¿Qué sucedía hace unos miles de años, es decir un suspiro universal ; un tiempo aterrador para nuestras vidas efímeras?
No existía la escritura, el mundo aún era joven.
Quizá el tiempo avanzaba redondo.
No sabemos nada al respecto y solo trazamos ideas.
Hoy, el olvido me ha agarrado por la garganta y no me atrevo a abrir los ojos.
Estoy descubriendo que el mundo está al revés; porque:
Hay agua en esta tierra
Hay agua en nuestro cuerpo
Hay agua en la vida
Entonces me digo: el agua es conocimiento
Podemos beber a la fuente de este saber
Pero
En lugar de eso
Hicimos de las maquinas, nuevas madres
Las regamos cada día,
Como si de ellas dependría nuestra vida,
Y que de su seno, brotaría leche nueva
Cada minuto, 100 000 litros de agua
Las alimentan
A eso lo llamamos: la nueva inteligencia
Nuestras palabras perdieron el sentido
El mundo está al revés
Tendríamos que darle la vuelta como a una bola de navidad,
para ver que al otro lado del planeta,
y también muy cerca, muy cerca de casa,
hay hermanos, hermanas y amigos,
que no tienen ni una sola gota propia,
que no tienen ni una sola gota propia.
Pero existe: nuestra sed de conocimiento
Vale la pena.
Ahora que está aquí:
Hay que usarlo, tenemos que hacerlo.
Que así sea,
porque así son las cosas.
Y poco importa
Poco importa
Si hay amigos, hermanas, hermanos
que no tienen ni una gota de agua,
les buscaremos
mundos virtuales
donde viviremos felices.
Me pregunto que haremos de este nuevo saber cuando nuestras gargantas estarán secas y ásperas, cuando nuestros huesos estarán desgastados; cuando nuestra piel estará marchita.
cuando nuestra mirada ya no podrá llorar.
Habrá que ir a la fuente digital,
exprimir una naranja mecánica y
beber agua artificial;
Y diremos: el agua, ¿te acuerdas?
¿Ese viejo recuerdo que caía del cielo?
Los ancianos dirán: solíamos beber de ella,
y nadie los creerá
nadie bebe de su palabra;
y la inteligencia nos dirá
que tenemos razón.
porque el olvido es asesino
nuevos seres existen, otros desaparecen
Puede que tarde un poco más
antes de que la amnesia nos alcance
el olvido es tenaz
pero aún existe
las noches de verano y nuestros pies flotando bajo la tormenta
un árbol alto y solitario cuyas raíces abrazan la lluvia,
y unos pocos seres centinelas vigilando;
y luego
nuestros cuerpos resecos,
nuestros mares áridos,
y los ojos del rocío,
Implorando
que cada gota sea un esfuerzo
que cada gota regrese a su fuente
que cada gota aleje el olvido
que recordemos
el aroma del agua
su textura y su sabor
y la inmensidad de su saber
Nota y contextualización :
“Cada vez que le pides a la Inteligencia Artificial que te dibuje una bobada se consume litros y litros de estas aguas. Por eso tuvimos una idea, por un día no le pidas a la IA, pídenos a nosotros”. Así empieza el anuncio para participar al proyecto Quilli.ai, lanzado en enero 2026 por habitantes del pueblo de Quilicura, en Chile. En un día, se transformaron en “inteligencia humana” para resistir a la implantación de centros de datos en su localidad, una zona conocida por albergar uno de los más grandes humedales del país, y así visibilizaron el costo de una consulta a un chatbot: entre 0,5 y 2 litros de agua.
En México, el estrés hídrico tampoco ha impedido la inversión de grandes empresas en la imposición de su nueva realidad virtual. El Estado de Querétaro, en específico, cuenta con una docena de centros de datos activos y se proyecta al menos diez más, con inversiones de hasta 12,000 millones de dólares. En las localidades del valle, se ha reportado una escasez de agua con frecuentes cortes y apagones, de modo que se han formado redes de resistencia para exigir transparencia y pedir una justa distribución del agua en una zona ya sobreexplotada.
A sabiendas que la inteligencia artificial puede consumir hasta 100.000 litros de agua por minuto, según un informe de Business Energy UK, ¿cómo se podrán sostener esta justicia ambiental? El agua se usa principalmente para evitar el sobrecalentamiento de los centros de datos, pero también para la generación de electricidad y la fabricación de hardware. El consumo de agua depende de las infraestructuras, siendo los mega-centros los que más gastan, llegando a utilizar varios millones de litros diarios. Sin embargo, para un usuario, es una especie de agua fantasma: no se ve, no se percibe: y, por ende, no existe.
Este costo oculto podría aumentar más si nos dejamos llevar por el entusiasmo irracional por la IA. Para 2027, su demanda en agua podría pasar de 1.100 millones a entre 4.200 millones y 6.600 millones de metros cúbicos. Sin embargo, las reservas de agua dulce han disminuido en un promedio de 324.000 millones de metros cúbicos al año durante los últimos 20 años, según un informe del Banco Mundial. ¿Cómo hemos llegado al punto de privilegiar máquinas de nubes virtuales, en un mundo donde las nubes mismas sofocan?
*
Con la llegada la inteligencia artificial, nos hemos preguntado hasta qué punto nos iba a reemplazar, si podíamos seguir siendo creativos o como íbamos a distinguir la verdad de la mentira. Pero más allá de nuestra esfera humana, la inteligencia artificial también influye en la realidad que construimos. Crea una nueva línea ontológica: otorga poder y capacidad de acción a un producto electrónico, hasta el punto de decirle: “tú”. En este mundo, resulta más extraño conversar con el mundo vivo que nos rodea que con una máquina preprogramada.
Esta visión mecanicista de la realidad no es reciente; es producto de una larga historia de despojo en la que las visiones concurrentes de un mundo vivo han sido perseguidas y siguen siendo negadas, como señala brillantemente Carolyn Merchant en La muerte de la naturaleza: mujeres, ecología y la revolución científica. Esta perspectiva va acompañada de un modo de conocer que, como señala la autora, se ha construido a través de una explotación cada vez más violenta de la Tierra, pero también de las mujeres y de las poblaciones colonizadas. Esta violación fue teorizada por los “padres” de la ciencia moderna. Basta con leer a William Derham (1713: 111) en Física Teología:
"Podemos, si es necesario, saquear todo el planeta, penetrar en las entrañas de la Tierra, descender a lo más profundo de las profundidades, viajar a las regiones más lejanas de este mundo para adquirir nuestras riquezas y aumentar nuestros conocimientos o simplemente para complacer nuestros ojos y nuestra buena voluntad."
citado en Merchant, 2020: 362.
La inteligencia artificial sigue el mismo proceso. Lo que está en juego son nuestras relaciones de conocimiento y nuestra forma de habitar el mundo. Para saciar nuestra sed de conocimiento, no dudamos en destruir el mundo vivo. Con frecuencia, son las mismas poblaciones colonizadas las que son explotadas —porque la IA requiere entrenamiento por parte de mano de obra barata— y cuyo territorio es ocupado para establecer nuevos centros de datos. ¿En nombre de qué conocimiento puede la Tierra seguir sufriendo de esta manera?
Sources / Fuentes :




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