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En el Totonacapan, jóvenes y activistas se arman del cine para reescribir la historia y realizar mundos

  • Aug 9
  • 7 min read

Publicado en Camino al Andar

9 de agosto de 2026

Por Claire Lapique



Los relatos tienen un poder invisible: dibujan la realidad. «Es por una fabulación creativa que una comunidad, no importa cuál sea, recubre el poder de actuar» escribe Dénétèm Touam Bona. Este poder, lo invocó el campamento «Historias de ciudad Papantla», coorganizado por el colectivo de cine comunitario Xolo Films y el Centro Intercultural para la Sustentabilidad, en el Totonacapan de Veracruz del 12 al 19 de julio de 2025.

 

«Les voy a decir una cosa sobre las historias… No son solo entretenimiento. No se equivoquen. Son todo lo que tenemos, ven, todo lo que tenemos para luchar contra la enfermedad y la muerte. No tienen nada

si no tienen historias».

Leslie M. Silko

 

En Papantla, en el Totonacapan de Veracruz, un colectivo de jóvenes totonacas se reúne cada año desde 2015 para realizar una semana de campamento y actividades culturales. En una región altamente afectada por la violencia de la explotación petrolera, estos eventos permiten tejer lazos comunitarios y compartir saberes de la región. Esta iniciativa surgió de un grupo de jóvenes músicos, coordinados por el activista Omar Lázaro García, quienes se reunían cada semana para aprender a tocar la guitarra. En 2015, deciden organizar un evento más importante en la región, que será replicado en 2018 y 2022. El campamento se transforma en espacio de intercambio transgeneracional y comunitario, donde se organizan talleres de música, de teatro, de alfarería, de saberes medicinales, etc.; y donde intervienen colectivos, como el de las madres buscadoras, de derechos humanos, o también ancianos/as de la comunidad. El año pasado, el colectivo de cine comunitario Xolo Films fue invitado para responder a la falta de alternativas artísticas y audiovisual para los jóvenes de las zonas rurales e indigenas. Organizado en conjunto con el Centro Intercultural para la Sustentabilidad y financiado por el FONCA, el taller reunió más de veinte jóvenes y defensores de la región y de los Estados vecinos. 

 

«El chiste es resolver»

 

Con Xolo Films, estamos muy lejos de las alfombras rojas y las superproducciones que caracterizan a la industria cinematográfica. Para los miembros de Xolo —11 en total—, el cine es, sobre todo, un medio para crear comunidad y contar su historia. Partiendo de este compromiso político, los fundadores crearon Xolo en 2015, a raíz de una formación basada en la educación popular, en Xalapa. Desde entonces, el colectivo ha rodado varios cortometrajes y ha organizado diversos talleres, entre ellos los que dieron lugar al campamento: «Historias de la ciudad de Papantla». Para ellos, hacer cine horizontal y « decentralizado»  parmite que cada uno pueda contar su historia con los medios disponibles (y sin recurrir a la tecnología 2.0), como lo comparte Joshua Espinosa Gutiérrez  «el chiste es aprender a resolver, al final la historia que quieres contar es lo más importante». Este compromiso va de la mano con forjar el camino hacia otra sociedad: « nos ayuda a pensar que si nos podemos juntar para contar un cuento, y grabarlo con una cámara y hacer algo tan fugaz, porque no nos podemos juntar para cosas más grandes, a veces más complejas pero siempre más importantes,  es algo que nos permitiría ir ejercitando», explica el cofundador y activista Emilio Braojos Fuertes.

 

 No muy lejos de una fila de tiendas de campaña, bajo unos 30 grados a la sombra, los participantes se iniciaron en el manejo de la cámara, el equipo de sonido, las prácticas teatrales y la producción. Todo esto con una mira política. Así, entre las comidas que nos ofrecía la anfitriona de la casa, Rubén Darío Madrigal Ceballos, profesor y activista comunista, moderó debates sobre varios cortometrajes comunitarios. Para él, el cine comunitario permite «recuperar el valor de lo que tenemos propio», cuestionar la violencia sistémica que sufren las comunidades y sus múltiples formas de resistir.

 

«Documentar es militar»

 

Contar «la otra historia» es luchar contra la homogeneización de los relatos que nos rodean. Jesús Ramos Carballedda, un joven estudiante de las Altas Montañas cercanas a Orizaba, lo experimentó desde muy temprano. Gran aficionado al cine durante su infancia, afirma: « iba aprendiendo mucho del mundo pero también me di cuenta que muchas películas no tenían que ver conmigo, o con mi lugar, entonces yo decía, yo quiero hacer algo pero ni siquiera conozco a mi vecino, o a mi comunidad o a las personas, (…) cuando no tienes identidad con tu territorio, te sientes perdido».

 

 

Al hacer cine comunitario, recuperamos el control de nuestra propia historia y, sobre todo, evitamos que otros nos la cuenten, como explica Amairany Mora Vázquez, miembro del CNI (Congreso Nacional Indígena) de Totonacapan: «es muy importante escribir una narrativa desde dentro». Para Laura Tezoco Tehuintle, una joven muralista y artísta de la Sierra de Zongolica, las historias no se escriben para la mirada ajena, sino para servir a la comunidad. Lo aprendío trabajando con los niños de su pueblo: «nosotros todo el trabajo que estamos haciendo, comunicatario y rural, no lo hacemos para el visitante, (...), lo que nos decían era: yo no quiero que pintes lo que ya ya conozco, yo quiero que me escuches, escuches una historia, un cuento de la infancia, y quiero ver esta historia que me contaba mi mamá o mi abuelo, y cambia la perspectiva!»

 

Este trabajo de autodocumentación permite remontarse por el hilo de la memoria. Una tarea crucial cuando sabemos que esa memoria ha sido silenciada o enterrada bajo los escombros. Omar Lárazo García, consejero del CNI de Totonacapan, recuerda la masacre de enero de 1970, cuando el ejército mexicano asesinó a más de 320 totonaques en Monte de Chila: «estaban asesinando un pueblo entero y hoy en dia, quedan las ruinas y quisieron perder la memoria, entonces es importante, la autodocumentacion, permite tener otra vez esta memoria importante, volver a exigir justicia, y no quedar callados ante todo esto». Chikón, un joven cineasta que ha viajado desde las montañas mazatecas de Oaxaca, concluye: «tengamos en cuenta que documentar es militar de cierta forma y también no tengamos miedo de militar».

 


Las historias que aquí se recopilan y se comparten, bajo la exuberante vegetación del Totonacapan, no son solo relatos de lucha. También son relatos de la vida cotidiana: ««es muy importante, que podamos encontrar otras formas de hacer cine, y que nos podamos reconocer, con narrativas pensadas desde nuestras lógicas, así como en las mañanas, ponemos un espejo, nos miramos, nos peinamos, y nos gusta cómo nos vemos. Creo que es un objetivo, que las comunidades se vean reflejadas y puedan decir: me siento bien», cuenta Omar Lázaro García.  Contarse a uno mismo es, en definitiva, hacer aflorar  estos otros mundos, que  «ya existen» y que son «el punto de partida para la construcción de algo mejor», como lo comenta Rubén Darío Madrigal Ceballos. Es precisamente lo que hacen los defensores: esribir sus historias para mover las líneas.

 

Retrasar el fin del mundo

 

Ailton Krenak, pensador indígena de Brasil, escribía: «Desarrollemos nuestras fuerzas para poder contar siempre una historia más, otro relato. Si lo conseguimos, entonces retrasaremos el fin del mundo». El año pasado, todos los participantes compartían esta aspiración: reescribir la realidad, detener el fin del mundo, volver a empezar.

 

Briany Lilith Lastiri Cruz, actriz y dramaturga originaria de Poza Rica, aprendió con el colectivo Xolo a rodar un cortometraje que aborda el tema de la identidad trans. Con su obra «Si realmente me amarás», basada en el teatro del oprimido, Briany denunciaba las amenazas que se ciernen sobre las personas trans y LGBT. Paralelamente, escribió una obra titulada «El árbol de la esperanza», en referencia al monumento erigido en memoria de las personas desaparecidas de Poza Rica. Su trabajo fue galardonado con el premio a la «mejor dirección» en Xalapa en 2024: « aprovoché estas obras (...) para decir oigan, está pasando esto, sigue pasando esto, porque son cosas que se callan, (...) y es importante que se vizibilice siempre»

 

Por su parte, Alejandro Jiménez Méndez es danzante y practica la danza ritual de los voladores. Con la cámara, busca documentar las actividades cotidianas de su pueblo, como la fiesta patronal, el cultivo del maíz y los rituales.  El vídeo sirve como medio para preservar la memoria comunitaria entre sus habitantes, y también más allá, con la diáspora de migrantes. Al igual que Alejandro, Rodolfo Bibiano Jiménez también quiere compartir la memoria viva y las realidades de su territorio amenazado por las actividades petroleras. Implicado en varias organizaciones contra el fracking, Rodolfo quiere denunciar los peligros de la explotación petrolera a través de la video. En una región donde los accidentes petroleros son moneda corriente, quiere dirigirse a las nuevas generaciones a través de las redes sociales porque: «por mucho que vivas en la comunidad, a veces no conoces tu territorio».

 

Por su lado, Amairany Mora Vázquez, una joven bailarina y actriz originaria de Amatlán de los Reyes, comenzó a movilizarse a los 17 años. Junto con otros jóvenes de su ciudad, organizaron una serie de festivales recurriendo a la música para reunir a los habitantes en torno a problemas comunes. Hoy, como miembro del CNI Totonacapan y del colectivo Por La Libre, Amairany se apoya de sus conocimientos en cine comunitario para promover el uso de la lengua náhuatl, que, poco a poco, se está perdiendo entre las nuevas generaciones de su ciudad natal.

 

Todos estos proyectos contribuyen en conjunto a retrasar el fin del mundo. Construyen puentes hacia otros posibles; aquellos de los que dudamos, ante la apisonadora del relato aséptico y hegemónico. Entre líneas, en los silencios o en los recovecos del pensamiento dominante, siempre persisten otras historias. Son esas las que nos permiten resistir. Y resistir a través del sueño: esa sueñistancia de la que habla el poeta Marc Alexandre Oho Bambe. Este verano 2026, el campamento se ha reunido para celebrar los 30 años de existencia del Congreso Nacional Indígena, fundado en 1996, tras el levantamiento zapatista. El año que viene, el campamento se reunirá alrededor de los desafíos del agua, para compartir prácticas y saberes para su preservación. Prueba, si es necesario, de que el tiempo del sueño sigue corriendo por las venas de quienes resisten.

 

 

 

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© 2021 por Sofi Grivas

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