El movimiento kurdo y la Larga Marcha por la libertad de Abdullah Öcalan

Publicado en Camino al Andar

27 de Febrero de 2022

Por Alberto Colin Huizar / Fotos: Vidal C

El té negro, el pan y el yogur son imprescindibles en la mesa de toda familia kurda que vive en Europa. Para ellas, sostener estas prácticas culturales fuera de su territorio originario es una característica que las identifica como parte de una historia colectiva, que se niega a ser olvidada pese a la violencia de los estados, que planean su muerte social. Las imágenes del Che Guevara, de Abdullah Öcalan y de Sakine Cansiz como símbolos de resistencia, así como las banderas que suelen adornar las salas de sus casas, a su vez son reflejo del significado e importancia de la lucha revolucionaria en la vida cotidiana de las y los kurdos en este continente.


La experiencia diaspórica de la población kurda fuera del Kurdistán es muy diversa. Algunos se asentaron desde hace varias décadas, otros llegaron apenas en los últimos diez años y se dispersaron en casi todos los países, principalmente en Alemania, donde son más de un millón de personas. En cada uno de los contextos nacionales donde se asentaron, instalaron negocios locales o se dedicaron a distintos trabajos, algunos se integraron como empleados en fábricas, otros en servicios administrativos o el transporte; varias generaciones de niñxs y jóvenes kurdos están naciendo y creciendo en este territorio, aquí se relacionan con otras familias desplazadas por la guerra en el Medio Oriente y comparten sus historias.

Es una realidad que los pueblos kurdos están construyendo nuevas condiciones de vida digna en un país que, en general, los trata con desprecio, con un racismo latente en el día a día, en buena medida por la relación política del gobierno alemán con Turquía. Sin embargo, un rasgo común es que todas las familias, de alguna u otra forma, resisten a esta condición estructural al asociarse en los distintos niveles de organización del movimiento, se involucran en las actividades en la medida de sus posibilidades, mantienen una tenaz resistencia lingüística y participan regularmente en reuniones y tareas emanadas de los distintos círculos de la organización en cada ciudad, particularmente desde las mujeres y la juventud.


Lxs internacionalistas que estuvimos presentes en la Larga Marcha por la Libertad de Abdulah Öcalan, realizada del 6 al 12 de febrero, la cual recorrió alrededor de 110 kilómetros desde la ciudad de Frankfurt a Saarbrücken, y concluyó con una gran manifestación en Estrasburgo, pudimos experimentar lo que significa el paradigma del confederalismo democrático en la vida de las familias kurdas que habitan las distintas ciudades de Alemania.


Dicha actividad anual no era menor, pues tenía el objetivo concreto de exigir la liberación del líder kurdo apresado desde el 15 de febrero de 1999 en la cárcel de Imrali, y tratar de consolidar una red de trabajo con base en la solidaridad desde el internacionalismo. La marcha fue integrada por al menos 150 personas de 21 países distintos que viajamos desde nuestros territorios para apoyar la lucha kurda y conocer la praxis del movimiento.

De esta inmersión en la vida orgánica del movimiento se destacan dos elementos. El primero refiere a que la larga marcha fue un momento para aprender y poner en práctica los modos de organización del movimiento, desde la conformación de las comunas integradas por una diversidad de personas (con distintas lenguas), el trabajo solidario para cuidarnos mutuamente en el camino, y el ejercicio de la crítica y la autocrítica por medio del tekmil al término de cada día de caminata. El segundo aspecto tiene que ver con que decenas de familias kurdas residentes en las diferentes ciudades donde transitó la larga marcha, hospedó a los internacionalistas en sus casas al concluir cada jornada diaria. Esta medida fue clave para consolidar una experiencia de aprendizaje mucho más integral para lxs participantes de la marcha, ya que nos permitió conocer directamente lo que la gente vinculada al movimiento está sintiendo y pensando acerca de su lucha, sus historias de vida y las de sus mártires, cómo entienden la propia resistencia, el valor de Rêber Apo (Öcalan) y los desafíos de la revolución. Compartir la cena junto con ellos y ellas, tomar el té y contar mutuamente nuestras luchas fue quizá lo más valioso de la larga marcha.


La hospitalidad como rasgo central y compartido por las familias kurdas de la diáspora al recibirnos, fue una lección de ética militante y un inmenso proceso de aprendizaje. En mi experiencia, me hospedaron familias de diferentes clases sociales, por ejemplo personas con un largo historial en el movimiento desde la clandestinidad, un joven refugiado en un humilde departamento, madres que tienen la foto de su mártir en el teléfono celular, e incluso mujeres que me comentaron que “si no hubiera tenido hijos, ahora estaría en la montaña combatiendo con mis compañeras”. La diversidad de sus historias es casi infinita y, al mismo tiempo, es bastante reveladora de cómo las y los kurdos tratan de vivir de forma revolucionaria, combatiendo la personalidad capitalista y patriarcal. Esta experiencia me recordó mis vivencias en la llamada Escuelita Zapatista, iniciativa impulsada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en enero del 2014, la cual consistió básicamente en invitar a las personas interesadas en conocer cómo se construye diariamente la autonomía en los poblados y municipios autónomos rebeldes zapatistas.

En aquella ocasión, las personas que acudimos al llamado del zapatismo, tanto de México como del resto del mundo, nos concentramos en el ahora denominado Caracol Jacinto Canek, donde fuimos distribuidos en las diferentes regiones donde tiene presencia la organización. Desde el primer día, el EZLN asignó a una compañera o compañero en concreto para ser el votán de cada alumno de la Escuelita; es decir, nuestro guardián, quien fue el encargado de enseñarnos a vivir la autonomía. Con nuestro votán trabajamos la milpa o el cafetal, caminamos por el cerro, estudiamos los libros sobre la autonomía, entre otras cosas. El votán se convirtió en nuestro maestro, su familia nos adoptó con cariño y su hogar fue el espacio común. Durante los cinco días que vivimos con las familias bases de apoyo zapatista, lxs alumnos aprendimos que para construir “la autonomía que hoy maravilla al mundo” (Subcomandante Marcos sic), se necesita un poco de dignidad, mucha rebeldía y algo más de organización.


En la Escuelita Zapatista aprendimos de manera viva el modo en que las y los indígenas mayas entienden el sistema capitalista, y cómo es que lo combaten todos los días con un proyecto social, cultural y político basado en las autonomías locales y regionales. En el caso de la Larga Marcha, la acción de acoger a las personas solidarias en los hogares kurdos, ofrecerles un techo para pasar la noche, una ducha y un plato de comida (frijoles en el sureste mexicano, trigo en la diáspora kurda), constituye una oportunidad idónea para entender los “pueblos en movimiento” que están luchando y construyendo aquí y ahora un proyecto de sociedad distinta. Eso que los pueblos kurdos llaman nación democrática es tan similar a lo que las y los zapatistas han nombrado como construir un mundo donde quepan muchos mundos.

El paralelismo con el movimiento kurdo es latente más allá del zapatismo. Durante la convivencia con las familias kurdas, entendí que los modos de vida de los pueblos en toda Abya Yala son sumamente similares y tenemos más coincidencias que diferencias, un elemento sorprendente, tomando en consideración la lejanía geográfica de los pueblos. Lo cierto es que las historias del Sur Global comparten un paradigma de lucha global para cambiar las condiciones históricas de opresión del capitalismo mundial que se expresa en la escala barrial, comunitaria, regional y nacional. El mayor problema es que el propio sistema nos ha enseñado que nuestras luchas están desconectadas, que lo que pasa en Kurdistán no tiene relación con la violencia regional en México, pero son las mismas formas de explotación y de poder de los estados-nación jerárquicos que nos someten al juego de la “democracia” representativa. Quizá la Larga Marcha pueda ayudar a romper esos esquemas de distanciamiento geográfico colonial y apelar a un sentimiento cada vez más amplio por querer cambiarlo todo.


A su vez, una de las conclusiones que se puede derivar de la Larga Marcha fue el efecto en la producción de un sentimiento colectivo de esperanza en las y los kurdos que componen el trabajo organizativo del confederalismo democrático en Europa y Kurdistán. La acción de caminar a lo largo de seis días consecutivos por las calles de Alemania gritando consignas por la exigencia de libertad de Rêber Apo, soportando el acoso policial que no permitía mostrar el rostro de Öcalan y las medidas autoritarias de censura del gobierno alemán -que no permitió gritar ciertas consignas-, no solo tuvo eco en nuestras trayectorias individuales y como sujetos inmersos en colectividades en lucha, sino también en todas aquellas familias kurdas que siguieron diariamente la Larga Marcha por medio de la cobertura de la televisión, el periódico y la radio del movimiento. Esta labor de los medios libres kurdos es fundamental, lo que generó un efecto impensable para quienes integramos la Larga Marcha. Este es un valor esencial del movimiento en la actualidad: la revolución que hoy se construye desde el paradigma desarrollado por Abdullah Öcalan tiene la fuerza para transformar las vidas de todas las personas que, de alguna u otra forma, hemos sido atravesados e inspirados por la liberación de la sociedad en el Kurdistán.


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